La piedrecita en el zapato

¿Alguna vez te haz puesto los zapatos y luego de dar el primero paso te das cuenta de que algo te lastima? Recuerdo un día que me puse los tenis para hacer ejercicio y después de unos cuántos pasos me di cuenta que algo molestaba la planta de mi pie; pero por no detener la máquina, continué hasta que la piedrecita encontró algún lugar donde alojarse y ya no sentí mucho la molestia. Prácticamente, opté por no detenerme y dejar que mi pie se adaptara al estorbo. Pero ahí no se acaba esto. Corrí el tiempo que me propuse y no pensé más, hasta que me quité los tenis y me di cuenta lo que había causado la piedrecita que pensé había dominado. Me salió una gran ampolla, que luego de ser expuesta, me dolía más que la misma piedrecita. Hay cosas en la vida y en el ministerio que ameritan nuestra atención inmediata. Ignorarlas agravará la situación.


Brevemente quiero compartir dos piedrecitas que “laceran” la iglesia, los ministerios y los líderes. Estas no se curan con una simple “curita” o con un poco de agua oxigenada; necesita una “desintoxicación completa”, que limpie desde adentro.


1. La complacencia y la alta estimación de nosotros mismos

2. El tradicionalismo


1. La complacencia y la alta estimación de nosotros mismos nace de una seguridad falsa. El líder anémico se dice a sí mismo: “Todo está bien”, “Tengo todo bajo control”, “No necesito nada”, “No tengo porqué ser parte del cuerpo más grande”, “Tengo gente”, “Mi ministerio está bien”, etc. Una de las más sutiles estratagemas de la complacencia y la alta estimación de nosotros mismos es servirse de nuestras propias virtudes para inducirnos a una estimación grande de nosotros mismos, a fin de que caigamos después en la soberbia y la vanagloria. Tanto la soberbia como la vanagloria son venenos que destruyen. Por otra parte, pensar que nuestra espiritualidad o conocimiento es suficiente, especialmente cuando nos llueven los aplausos y los buenos comentarios, es una estimación engañosa de nosotros mismos. No hay nada malo con los buenos comentarios, el problema es que muchos buscan la aprobación de la gente para sentirse bien y creer que están marcando el paso. No hay duda alguna de que la complacencia y la alta estimación de nosotros mismos son dos enemigos de Dios que no deben ser nuestros aliados.


El proverbista en el capítulo 1:32 dice: “Porque el desvío de los simples los matará, y la complacencia de los necios los destruirá”. (versión LBLA) Vale la pena detener el paso y sacar las piedras que estorban. ¿Cuándo fue la última vez que tu ministerio se abrió a la comunidad?, ¿cuándo fue la última vez que se bautizó a un grupo de personas?, ¿cuándo fue la última vez que llegaron visitas a la iglesia y le dimos seguimiento?, ¿cuándo fue la última vez que alguien aceptó a Cristo en tu ministerio?, etc. Para pensar!


La complacencia es cómoda pero no es bíblica. La complacencia tiene olor a muerte y la alta estimación de nosotros mismos puede conducir a la soberbia.


2. Las tradiciones son buenas cuando están de acuerdo con la Palabra de Dios. Lo que hace daño a la iglesia no son las tradiciones cristianas sino el tradicionalismo, que es una actitud negativa que impide hacer los cambios necesarios para seguir creciendo. El fenómeno enfermizo del tradicionalismo es el causante paralizador de algunos ministerios, iglesias cristianas y líderes. El tradicionalismo produce y promueve una falsa espiritualidad. La música de órgano, por ejemplo, no nos acerca más a Dios que la simple guitarra de los hermanos que se reúnen bajo un árbol para adorar. Levantar las manos o no tampoco nos acerca más a Dios; cantar por una hora de pie tampoco nos hace más espirituales. En otras palabras, el tradicionalismo fácilmente ignora el corazón y depende de las prácticas externas o costumbres adoptados de antaño.

El tradicionalismo exhibe una apariencia de piedad y cercanía, y es el causante de muchos templos vacíos. La Biblia nos exhorta a promover la fe bíblica y un avivamiento profundizado en las Escrituras, y no rituales o prácticas sin fundamento cristiano.

La complacencia y la alta estimación de nosotros mismos, así como el tradicionalismo le roban a la iglesia el crecimiento y la autenticidad. Hoy más que nunca, Dios quiere una iglesia dinámica, vibrante; una iglesia en la brecha. Líderes que no estén en el ministerio por una posición, reconocimiento, o porque no haya otra opción en la vida que ser ministro o líder. Líderes que reconozcan sus errores y lo vuelvan a intentar.

Vale la pena detenerse y sacar la piedrecita del zapato…


Por: Mareleney Rodríguez








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