Y después de la crisis, ¿qué?


“Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió”. (Hebreos 10:23)


Ni los gobiernos ni las potencias más poderosas del mundo jamás vieron venir una crisis como la que ha causado el COVID-19. Desde el más arriba hasta el más vulnerable (ricos, pobres, intelectuales, analfabetas) ha sido impactado de una u otra manera, incluyendo la Iglesia. Esta crisis ha paralizado al mundo entero de muchas maneras. La bolsa de valores financieros se ha venido abajo; miles y miles de personas sin trabajo; la vida familiar antes conocida ha tenido que ser modificada; las escuelas, universidades, etc., han tenido que implementar técnicas de enseñanza virtual; cientos de personas han perdido sus vidas; familias han perdido a sus seres queridos. La lista continúa…


Durante esta crisis, muchos con o sin conocimiento cibernético han celebrado cultos de adoración virtuales para ministrar a sus congregantes. Ni en el sueño más remoto causado por alguna pesadilla me imaginaría que algo así tendríamos que hacer en el 2020, me sospecho que usted tampoco. Hemos tenido que usar la creatividad para no quedarnos de brazos cruzados. Hasta el más renuente a usar la tecnología ha tenido que aprender algo. Creo que esta crisis ha despertado una urgencia entre los creyentes en todo tipo de rango. Y es mi oración que esta urgencia espiritual no se disipe como la neblina.


Ah, y claro, como siempre sucede cuando hay crisis, se levantan algunos supuestos profetas que antes de la crisis duermen (no saben nada) y de momento se levantan con “grandes mensajes”. ¡Cuidado con ellos! Cuidemos a la grey. La profecía fidedigna está en el sagrado libro, la Biblia.


Mientras tanto, Dios sigue sentado en Su trono alto y sublime…Jehová de los ejércitos reina con poder. Esta crisis ha de pasar; pero cuando pase nos habrá despertado Dios de la rutina espiritual. A veces nos engañamos a nosotros mismos creyendo que hemos hecho todo, que nuestras congregaciones están más que bien, y que Dios traerá a la gente para que se convierta. Creo que un buen discípulo es un eterno aprendiz y debe estar a la disposición de aprovechar toda oportunidad para crecer, para servir, para ganar almas, etc., y no conformarse con las migajas de siempre. No quiero recordar el COVID-19 como lo que describí a principios, sino como la gran oportunidad para la iglesia de cosechar cientos y cientos de almas que estarán listas para la siega.


Medite en estas simples preguntas que me hecho personalmente:


¿Cómo actuará la iglesia post-Coronavirus?

  • ¿Llegaremos al templo como cuando los niños salen al recreo; corriendo por los atrios ansiosos por entrar al templo?

  • ¿Cuanto durará la emoción de llegar al templo para adorar y tener koinonía?

  • ¿Apreciaremos la casa de Dios como nunca antes y no la veremos como una carga?

  • ¿Apreciaremos el privilegio de servir o liderar? ¿Nos tendrán que rogar para servir?

  • ¿Dejaremos de ayunar, orar, hacer cadenas de oración como lo hicimos durante la crisis?

  • ¿Cuál será la misión de la iglesia post-Coronavirus?


Usted y yo tenemos que hacer brillar la luz de Cristo como nunca antes. Ojo, Cristo; no el heroísmo personal. Sigamos apegados a la fe como nunca antes, predicar al Cristo resucitado como nunca antes, estar listos para tirar la red y preparados para abrazar y discipular la nueva cosecha que Dios traerá a sus pies. Nos libre Dios de caer en la rutina de siempre. ¡Sé que podemos!


Pastora Mareleney Rodríguez

Directora, Ascend



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